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La puerta abierta (Chapter 0.5)

Condujeron sin parar. El capitán iba apretando el volante, con el pie sin soltar el acelerador. Tintin, a su lado, miraba fijamente la carretera, como si pudiera forzar la llegada con la mirada. El capitán estaba a punto de meter el coche en el primer hueco que encontró, aún en segunda, cuando Tintin vió la cabina a lo lejos y saltó del asiento antes de que el motor callara. El frenazo hizo chirriar los neumáticos. —¡Miles de millones de rayos y centellas! —gruñó Haddock, tirando del freno de mano—. ¡Aún no hemos parado del todo! Tintin bajó corriendo, sin molestarse en cerrar la puerta. Oyó al capitán gritar «¡Mil rayos!», pero no volvió la vista atrás. Llegaron al parque cuando empezaba a clarear. La cabina telefónica estaba junto al ayuntamiento, al lado del parque. Tintin llegó primero, con el corazón latiéndole en la garganta, con la voz de Roma aún resonando en sus oídos: " El orbe y la cruz… " La puerta de la cabina estaba abierta.

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